martes, 15 de julio de 2008

La condición humana



P
ocas frases habrán como esta -la condición humana-, que se han creado con tanta certeza y exactitud para describir, en 2 sencillas palabras, la aplastante magnitud de situaciones, acontecimientos y sentimientos de los que está empapada la existencia de todo ser humano. Las angustias y dolores, la felicidad y las alegrías, las enfermedades y agonías: todas ellas concluyendo en un común e inevitable destino. Nada impedirá vivirlas ni nadie quedará exento de atravesar este mundo de peripecias que, aunque impredecibles en el tiempo y espacio, son insalvables.
Y existe un lugar -quizá el más privilegiado de todos- donde se puede apreciar, con desnudez y límpida crudeza, la precariedad de esta nuestra humana existencia; ese lugar es, claro, el hospital. Allí, las escenas que se viven todos los dias con sus largas y siempre frías noches, no son como las que el engañoso Hollywood nos presenta en la TV diaria o en el cine. Obviamente, no. La sangre, el sufrimiento y, por cierto, la muerte, tienen en un hospital cuerpos, rostros y nombres propios y corresponden a una realidad tan brutal que cualquier intento por describirlas resultaría borroso y débil.
Días atrás -por desgraciada necesidad personal-, estuve durante largas y dolientes horas en la gran sala de emergencia de un hospital general de Lima. Allí, presencié imágenes y viví verdades que, en teoría, todos conocemos pero que, casi nunca, palpamos: modestas mujeres con sus sufrientes niños que ruegan atención y entre esos inacabables llantos y gemidos aparecen, se cruzan, se yuxtaponen, los cuerpitos con sus yesos y las suturas y la sangre por doquier. Pero también están los hombres viejos -son los otros grandes necesitados-, aplastados en camillas, con unas quejas casi mudas, con sus miradas perdidas y sus esperanzas nulas. Así llegan y así se van. Ví, también, la terrible presencia de la muerte; esta vez en el indefenso cuerpo de una niña ("la estamos resucitando", había mentido minutos antes la enfermera), y a sus jóvenes padres, traspasados de dolor, explotando en gritos tan profundos que no venían, seguro estoy, ni del fondo de sus almas o de sus entrañas sino de toda la humanidad doliente, de toda nuestra sufrida condición humana: "¡...que por qué, Señor, que su hijita no, que no, que no...!". En torno a ellos, gramos, apenas, de piedad en las miradas, toneladas de indolencia en la actitud. ¿Por qué sorprenderme?: los peruanos de hoy somos así. Aceptamos, torpe y borreguilmente, como si fueran natural e inevitables, la pobreza y la inequidad.

Si -como bien sabemos- ridículamente efimeras y deleznables son nuestras existencias, tal vez se engrandecerían si creyésemos -¡un poco al menos!- en la piedad con nosotros y, sobre todo, con los otros...pero, si esto sucediese, nuestra condición ya no sería, por definición, humana.

jul. 20.














martes, 1 de julio de 2008

La Monja y el Gerente



'M
aria Delia' es una monja. La conocí hace unos 20 años, meses más meses menos, en una época en que, por una especie de celada amical, fui atrapado en lo que, comúnmente, suele llamarse la Administración Pública, es decir el Estado. Mi cargo -gerente de la Beneficencia de Lima- me otorgaba el manejo de 1500 trabajadores, desde honorables médicos e incontables abogados hasta humildes enterradores, y alrededor de 1200 beneficiarios, entre niños -supuestamente huérfanos-, ancianos de toda condición en plata y salud, gestantes y parturientas y hasta muertitos -aún tibios- destinados al más antiguo panteón de Lima.
Fue en un uno de esos agobiantes días de quijotesca pelea por organizar lo inmanejable y moralizar lo inmoralizable, que conocí a María Delia. Era, por ese entonces, aún joven (y además, lo recuerdo, serenamente guapa y coqueta). Me buscó porque quería insistir una vez más, después de tantos intentos anteriores, todos frustrados, en que la administración le acogiera una solicitud de apoyo a un caro proyecto de su Congregación, las Hermanas del Buen Pastor.

Me explicó en pocas, precisas y musicales palabras la belleza de un proyecto de auxilio a las niñas madres abandonadas de Lima: habían muchísimos casos de adolescentes -pobres casi siempre- que al quedar embarazadas eran expulsadas de sus casas. Ese era el terrible primer paso para un inevitable destino común: los abortos y la prostitución. La Beneficencia, aunque obligada por un Convenio con la iglesia y su Congregación, debería haber apoyado el proyecto de crear un Hogar para ellas, pero la indolencia de ilustres cleptócratas antecesores míos, lo había impedido. Así me lo planteó ese día la monjita mientras me arrinconaba con esa su astuta pero angelical mirada. No sabía por qué -me dijo- pero creía que sí, esta vez, Dios la iba a escuchar.
Sellamos la reunión con un abrazo de mutuo compromiso y, gracias también a la desbordante complicidad del presidente de la institución, en pocos meses el Hogar fue una realidad: un lugar (ubicado en Salamanca, Ate) donde las jóvenes eran atendidas integralmente, instruídas en un oficio y protegidas hasta que pudieran valerse por sí mismas y sostener mínima pero dignamente a sus niños.
Luego de la formal inauguración nos vimos solo algunas veces más pues yo ya había vuelto a mi vida normal fuera del ogro filantrópico; pero, al cabo de algunos años, sorpresivamente, recibí una postal de Roma: era Delia que me enviaba sus recuerdos y oraciones.

En una última ocasión -hace dos o tres años- al saber que había vuelto de Roma, en donde se desempeñaba como Superiora de la Congregación, la visité en el mismo Hogar. Allí, socarronamente (conocedora de mi aversión a la exhibición) me presentó con aire ceremonial ante sus colegas y las ya numerosas madres alojadas, como el gran responsable de la obra. Me di cuenta que era su tardía venganza pues para la inauguración del Hogar, yo había ordenado hacer una gran placa de granito con el nombre del presidente de la república, que había ofrecido asistir (y no fue, claro), el de la Beneficencia y -contra su expreso deseo- el de María Delia. Yo me eximí.

Tal vez en algún momento de estos ya escasos años que nos quedan -al menos con estos cuerpos y en este mundo-, podremos reencontrarnos pero, si no fuera así, no importa porque estoy seguro que, ambos, en un rinconcillo pequeño pero especial del corazón nos tenemos guardado un abrazo tan cálido y alegre como el de esa recordada primera vez.
Me pregunto: ¿Las buenas causas nacerán siempre así?

julio 1.







lunes, 21 de enero de 2008

EL INMORTAL TIEMPO

El mejor juzgador de los hombres es el Tiempo.

La dinámica temporal logra, infaliblemente, que las conductas o las obras humanas sean visualizadas en su verdadera dimensión; el Tiempo es el acerado filtro de las pasiones, el infalible decantador de los odios o los amores, el procaz desnudador de los ropajes y oropeles. El tiempo es, en fin, el gran testigo de cargo de las almas muertas (con perdón de los que creen en la inmortalidad de las mismas).

El Tiempo ha condenado nombres de personajes que, en su periodo de terrena existencia, gozaron del poder o la fama, pero también ha reinvindicado la grandeza de otros seres que pasaron por este mundo sin recibir los halagos y satisfacciones que por su pensamiento u obra bien se los merecían.

Quizás por ello, Passolini -gran cineasta, mejor poeta- insistía que la vida de un hombre es idéntica a la de un filme: sólo al concluir el montaje (la muerte) se le puede valorar. Pegado el último pie de película, exhalado el último suspiro, no habrá tiempo para más, y recién entonces, ese filme o esa vida tendrán sentido. Concluída la vida, montada la película, ya no existe, en absoluto, el Tiempo. Queda apenas la fría imagen , la infiel memoria.

Siendo así entonces, como lo es, y pensando con toda lealtad: ¿a qué ser inteligente, le puede interesar esa estupidez llamada inmortalidad?
Siendo así, como es: la infinita suma de nuestras finitas vidas, sólo él, el Tiempo, es Inmortal.

feb, 15.

viernes, 11 de enero de 2008

In ARTICULO MORTIS

Parece ser verdad -si tenemos que creerles a los que saben más- que los únicos animales conocidos que poseen plena conciencia acerca de la inevitabilidad de su muerte, somos nosotros, los humanos. Hay otras especies que también, al igual que la nuestra, lloran la pérdida de sus seres más queridos (los elefantes, por ejemplo), pero que no llegan a alcanzar este raro privilegio humanoide de reconocer su finitud. Y uno, claro, se podría preguntar con curiosidad : ¿cómo serían nuestras vidas si no tuviéramos ese terrible conocimiento de que somos mortales? La experiencia de la vida gregaria y el grado de desarrollo cerebral nos impiden esta inconciencia de la que sí disfrutan las demás especies animales.
Este tema de nuestra genética mortalidad se enlaza, se funde, -sustancial e inevitablemente-, con el mundo de las creencias religiosas.
Y así vemos, por ejemplo, que la mayoría de creyentes cristianos, en escandalosa negación de sus principios y dogmas, le tiene temor a la sola idea de imaginar su muerte. La muerte pues, entre los mortales, es un tema tabú. Por cierto que, si fueran consecuentes y fieles creyentes, deberían esperar ese último día de su inteligente y breve vida terrenal con especial regocijo, pues, si han sido buenos hijos de su Dios -no han matado, no han robado, no han mentido, etc.-, al morir, ascenderán al celestial paraíso a gozar de una merecida vida eterna, o, por lo menos, de una plácida espera del día del juicio final: así lo prometió Cristo y así lo difunde, desde siempre, la iglesia. "Creo en la resurección de la carne..." , repiten (repetimos) a voz alta todos los domigos en la pública ceremonia de la misa. Pero ¿cuántos de verdad creen, seria y honestamente, en lo que dice el "Credo"? ¿Cuántos esperan, aunque sea con resignación, pero con fe e ilusión, el momento de la partida a la casa del señor? ¿Por qué los seres humanos -los viejos en especial, lo sé yo- se resisten casi patéticamente a aceptar su fin natural?
Una hipótesis, (solo hipótesis), bastante razonable, aunque inevitablemente cruel y sarcástica, sería la siguiente: los cristianos tememos terriblemente a la muerte porque sabemos que al no haber llevado una buena vida cristiana, estamos -sin remedio- condenados a sufrir ¡eternamente! los horrores del infierno. Otra bastante más sencilla y creíble, explicaría este miedo debido a que la gran mayoría de cristianos, realmente, no tienen fe ni en su Dios ni en sus dogmas y, sí creen -firmemente- que, con la muerte, llegará el fin definitivo y, con él, la impensable, espantosa e irreversible "putrefacción de la carne"...de nuestra carne.
En gran lío ideológico se metieron los fundadores del cristianismo y , antes, los del judaísmo, cuando asumieron como parte de su base doctrinal, los conceptos de la resurección y la vida eterna, que, como se sabe fueron creación del viejo Zoroastro, el profeta que en los desiertos iraníes, 600 años antes de JC, proclamara el fin del politeísmo y la existencia de un solo Dios. El budismo, en cambio, quizá por ser más filosofía que religión, no cree en esa "re-encarnacion" post mortis; más bien acepta con simpleza que el cuerpo, al ser materia, se degrada con la muerte hasta su reabsorción total en la biosfera. La doctrina del Buda (iniciada 500 años antes de la aparición de Cristo), basada en la meditación y en la oración y en la bondad y compasión como dogmas, proclama que un ser, al morir, ya sea en forma inmediata o mediata sí revivirá, pero como mente y conciencia, in-corporándose en otro ser de la naturaleza: sea este hombre o animal. Esta metemsicosis, será un proceso infinito, hasta llegar -si se llega- a cierto estado de iluminación. En cuatro líneas, obviamente es imposible tocar esta rica temática filosófica del budismo, pero harto apasionante será cuando motivó a sus ilustres redescubridores occidentales (Schopehauer, Nietzche, Freud, Mahler, etc) para redefinir su visíon del hombre y su siempre misteriosa existencia.
Estos asuntillos de la muerte, del 'más allá' y de Dios, en verdad, no deberían nunca afectarnos en este, nuestro maravilloso viaje de aventuras al que llamamos "vida". La muerte existe y bienvenida sea, cuando llegue su momento; al "más allá" ya le conoceremos la cara, sea la que fuere, y, respecto a Dios, sería más digno no recurrir a él como mezquina necesidad sino como sincera y profunda convicción. Al respecto, los buenos poetas siempre han pensado mejor que nosotros: Vallejo, el poeta inmenso ese, al que 'le pegaban fuerte y duro', acusaba a su Dios de ser un bohemio que se timbeaba nuestros destinos con un gastado dado, ya redondo de tando andar a la aventura. (Militante libérrimo, socialista sincero, murió sin embargo pensando en Dios, como su defensor "más allá de la muerte"). Y otro lejano poeta, también sufriente de luchar contra demonios -pero no existenciales sino de uniforme y brazo armado-, desde las trincheras de su Vietnam expoliado, nos dejó este humilde e inigualable verso:

"La muerte no es verdad
Cuando se ha cumplido bien
La obra de la vida".

Así que...¡libiamo! -como cantaba bellamente Verdi-, por la vida y también, ¿por qué no?, por la eternidad de la muerte.

feb, 19.













martes, 11 de diciembre de 2007

EN NAVIDAD: ¿ CREER O NO CREER ?



Al nacer, no sólo amamanté la leche materna. También mi madre se preocupó mucho e intensamente por alimentarme con un sentimiento que me ha acompañado, tercamente, durante toda la vida: la fe cristiana. Primero, asumida como dogma absoluto; Dios -y el demonio- existen; los pecadores se irán indefectiblemente al infierno y los hombres buenos alcanzarán la resurección y la vida eterna. Luego, ya convertida en una creencia racional -y necesaria- para afrontar los momentos de tristeza y dolor que la vida me ha sabido regalar. Pero, esa religión cristiana, específicamente católica, la misma que me fue inculcada con fuego y amor, ha sido puesta inevitablemente sobre el tapete de la duda en muchas circunstancias de esta, ya larga, existencia mía.
Me declaro, primeramente, incapaz de entender o explicar el misterio de nuestro origen. No puedo creer las fábulas de Adán y Eva y el paraíso terrenal, por ser una bella ingenuidad histórica (la Biblia es la obra maestra de la metáfora), pero rechazo también, por insuficientes y oportunistas, las teorías evolucionistas, por muy "científicas" que puedan parecer. Creo, claro, en el Big Bang y en nuestra patria perdida: el espacio infinito.
Creo absolutamente en ese maravilloso ser humano que se llamó Cristo. Estoy seguro que los testimonios escritos por los apóstoles sobre sus poderes milagrosos son algo cierto (¿no es una pena que el mismo Cristo no haya querido dejarnos nada escrito?). De lo que no podría estar seguro de creer es que, luego de ser ejecutado y sepultado (lo que conlleva inevitablemente la desintegración y putrefacción de cualquier organismo sin vida), al 'tercer día', como dicen las Escrituras, Cristo se haya reencarnado en su mismo cuerpo. Pero sí acepto -y no es contradictorio- que sus apóstoles "lo vieron", después de muerto. Ellos lo querían ver y sintieron la presencia de algo que no había muerto: la mente-conciencia-alma, o como se le desee llamar, de ese ser extraordinario. Y es que si la misma materia de un ser que muere no desaparece, pues, simplemente se reintegra a la naturaleza, ¿por qué pensar que solamente por ser algo intangible la "personalidad" desaparece con la muerte del cuerpo? "Es lógicamente creíble -dice Toynbee al respecto- que esa personalidad se reintegre a un modo de existencia hipotético, desligado de la materia, vivo y consciente." Cristo, pues, murió pero siguió viviendo. El milagro debió consistir en que, algunos, lo pudieron ver reencarnado...
No es, sin embargo, de la muerte de Cristo de lo que queríamos hablar hoy, sino más bien de su nacimiento y de los muchos mitos y objeciones que existen al respecto de lo que se conoce universalmente con el nombre de Navidad. Se sabe que es poco probable que Cristo haya nacido en el mes de diciembre (según el calendario gregoriano), pues cuenta Lucas que los pastores que acudieron al pesebre de Belén tenían a sus animales con ellos, bajo un cielo estrellado y ello no hubiera podido ser en diciembre pues en esa época el duro invierno lo hubiera impedido; más bien todos los indicios señalan a abril o mayo como los probables meses de ese nacimiento. ¿Por qué, entonces, la Iglesia convino en ir acomodando la fecha del divino natalicio hacia fines de diciembre? Son varias las posibles respuestas. Todas, de origen pagano. Una de ellas se refiere a la fiesta anual romana del 25 de diciembre celebrando el "Nacimiento del Sol", es decir del Dios Apolo. También a fines de diciembre, en Roma, se celebraba la paganísima "Saturnalia", en honor a Saturno; en estas fiestas se imponía la costumbre de intercambiar regalos de todo tipo, incluyendo soltar esclavos, etc Así mismo, en la antigua Germania y Escandinavia, cada 26 de diciembre, se adoraba al Dios del Sol y uno de los actos tradicionales era adornar devotamente un gran arbol. Políticamente, la Iglesia católica impuso la fecha y celebración del nacimiento del nuevo Dios, a fines de diciembre para metamorfosear esas costumbres paganas incluyendo, increíblemente, los detallitos de los regalos y el arbolito. Todo esto a pesar que, como hasta donde se sabe, en la Biblia no existe mención a la fecha del nacimiento de Cristo ni, mucho menos, se ordena que haya alguna celebración.
La política de los viejos (¿y sabios?) estrategas católicos se impuso históricamente y hoy, como sabemos, la navidad se celebra en todas las comunidades cristianas, casi sin excepción. Pero esta celebración que, en todo caso, debería ser, por su propia esencia, una celebración profundamente religiosa, es decir dedicada exclusivamente a la oración y meditación, se ha convertido en una fastuosa fiesta pagana de derroche y consumismo. En una vergonzosa vuelta a los orígenes, la sensualidad más vulgar se impone y asi, por ejemplo, millones de inocentes animales -pavos, cerdos, corderos o lo que sea- son alegremente acuchillados para satisfacer la orgía gúlica de la "noche buena", sin recordar, siquiera, que fueron los humildes animalitos pastoriles los únicos que acompañaron al pequeño Cristo naciente en ese precario -pero seguramente bello- pesebre del desierto. Estas objeciones al manejo de los misterios católicos, sumadas a las sinuosidades históricas de la jerarquía eclesiástica romana han sido decisivas para que notorias inteligencias de la historia de la humanidad hayan rechazado la fe en la Iglesia. Recuerdo a mis admirados Nietzsche, Schopenhauer y a los más cercanos Paz o Borges... Sin embargo, pese a todo y aunque terrible (para los que no tienen nada) ¡cuán bella y profunda suena siempre esta sencilla frase : "Feliz Navidad"! Es un momento de incomparable sinceridad abrazar a un ser querido y decirle, simplemente, Feliz navidad. Por ello, en estos dias de diciembre, al siempre presente dilema de creer o no creer, sólo se me ocurre una respuesta: Hay que querer creer para creer. Eso basta.
Así que a todos ellos, mis ateos escritores queridos, se encuentren donde se encuentren, les envio desde aquí un devoto saludo navideño. (Disculpen ustedes).

Y, desde luego, a los destinatarios de estas notas, mis virtuales nietos: ¡FELIZ NAVIDAD!

DIC. 07.


martes, 4 de diciembre de 2007

SUFRE PERUANO, SUFRE. (letra y música de Tongo)





Hubo una vez, hacia finales del siglo XX, un presidente del Perú que había prometido 'un gobierno para todos'. Con semejante promesa milagrosa las gentes lo habían elegido con más del 50 por ciento de los votos válidos y en los primeros meses de su romántico gobierno todo era esperanzas e ilusiones: Alan era joven, Alan era alto, Alan hablaba muy bien, Alan, Alan.
Pero, luego se empezó a sospechar -y la gente lo sentía- que no todo iba a ser felicidad: el futuro prometido no era diferente al pasado que nadie quería recordar. Algo había sucedido: Los pobres seguían siendo pobres, los de la orgullosa clase media ya no se sentían en la clase media (¿de qué clase eran?) y hasta los mismos ricos ya no sabían si iban a seguir siendo ricos. En sólo 2 años, de 1985 a 1987, los siempre ingenuos peruanos, pasaron de vivir de la fiesta inolvidable al incendio inapagable: su moneda se devaluó tanto que tuvo que cambiarse 2 veces, el precio de las mercancías subió hasta bordear los 3 mil por ciento (hiperinflación le llamaron). En el 88 y 89 se descubrió que los pobres alimentaban a sus niños, en la barriadas limeñas, con
nicovita, el famoso insumo industrial para pollos; si faltaba la nicovita, buenas eran las cáscaras de papa o la hoja de remolacha.(¡Sufre, peruano sufre!, germinaba en Tongo). Sobre este lúgubre escenario económico se montaba, además, una tragedia griega: la guerra entre la barbarie maoista de Guzmán y la estupidez criminal de los militares.
Alan huyó en el 90. Del desprecio ciudadano y de su propio fracaso buscó refugio en la bella (y cara) París . Desde allí, como las ratas acosadas, esperaría el momento, porque sabía(toda rata es astuta) que ese momento llegaría.
De joven, al igual que su mentor Haya, había leído con devoción al maestro Gonzales Prada y se le habían grabado estas palabras:
(al pueblo) gobierne quien gobernare, nada le importa; sobrevenga lo que sobreviniere, poco se le da; todo lo sufre, todo lo acepta. El Perú, como infeliz mujer encadenada al poste de un camino real, puede sufrir los ultrajes de un bandolero, de un imbécil, de un loco y hasta de un orangután. Alan, pues, confiaba en los peruanos y en el tiempo.
Quince años después, adormecida la memoria nacional, será la 'generación nicovita' -hechura de su primer gobierno y sufriente toda del síndrome de Klinefelter*- la que decidirá que Alan, el eterno Alan será nuevamente el presidente de todos los peruanos.
¡Sufre, peruano sufre! les llora, desde entonces, el inefable y peruanísimo Tongo a los peruanos de todo el mundo y los peruanos de todo el mundo lloran oyendo a Tongo. ¿Por qué sufren los peruanos? Nadie lo sabe. Tal vez porque no quieren ser lo que son, tal vez porque no pueden cambiar para ser lo que no son, o, tal vez...

Esta asombrosa (o más bien vergonzosa) vocación del peruano por buscar y aceptar lo que le inflinge dolor, también se cumple -como si fuera ley-, paradójicamente, en un campo que le debería producir distracción y esparcimiento (porque la vida del hombre, según Schopenhauer, es un péndulo entre el sufrimiento y el entretenimiento): el espectáculo-deporte del fútbol.
Una verdadera mafia, tan astuta y eficaz como la de los políticos, se ha apoderado de los resortes económicos y administrativos de este mega negocio contemporáneo que es el fútbol: la nueva gran Iglesia universal en la que los estadios son los templos y los santos -idolatrados- los jugadores. Todo es dogma, todo es aclamación, no importa que seamos perdedores, no importa que nos engañen. Recemos, hermanos, -como borregos- "Perú al mundial" : es la promesa del Paraíso terrenal.
La verdad que el fútbol peruano resulta el caso perfecto para entender plenamente la -sabia- expresión futbolera de Borges:
El fútbol es popular porque la estupidez es popular.
¡Bienaventurado, oh Tongo, porque eres el profeta de la peruanidad!

*Hipotrofia testicular.
dic.7.


lunes, 19 de noviembre de 2007

¡VIVA EL REY!


Se sabe que a los 18 años -en un oscuro accidente-, de certero balazo, le voló la cabeza a su hermano menor, Alfonso. El arma: un revolver que, según se dijo, le fue obsequiado por Francisco Franco, el Generalísimo fascista, supremo dictador de españa. Pero sería otro obsequio, indiscutiblemente mejor y público, el que recibiría alborozado ese joven y ambicioso Borbón de parte del anciano tirano, pues 11 años después, en 1969 (ver foto), sería designado por éste, como su único heredero a la jefatura del Estado y sucesor a título de Rey de España; así, a la muerte del dictador, en 1975, no tendría ningún reparo en jurar - sobre la Biblia, claro- y ante las cortes franco-fascistas, cumplir y hacer cumplir las leyes del régimen. En el acto, hubo un ausente: su padre, el legítimo rey de España al que Franco y su fiel borbón le birlaron la corona. Así nacería para España su nuevo Rey: Don Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias. En su discurso inaugural, el flamante monarca homenajearía así al difunto Generalísimo: "... con respeto y gratitud quiero recordar su figura, una figura excepcional que entra en la Historia"
Nunca imaginaría Franco que, muchos años después, en tierras americanas, Don Juan Carlos de Borbón, su leal heredero, el señor Rey, seguiría sirviéndolo: ante millones de ojos, en visceral y rabiosa reacción, defendería con ardor el nombre e imagen de otro digno heredero franquista, el ex-presidente Aznar.
Sí, el representante vivo del más sanguinario y genocida linaje real europeo, los borbones, autores del feroz exterminio de 10 millones de indios en nuestros andes y de muchos más en tierras aztecas y mayas*, del saqueo demencial por su soldadesca real, que -en nombre de Su Majestad y de su Dios- enviaron a la Metrópoli, según consta en el Archivo de Indias,
sólamente entre los años de 1503 y 1660, el descomunal producto del robo a nuestras tierras: ¡185 mil kilos de oro de pura ley y 16 millones de kilos de plata! De ese botín, como sabemos, a sus graciosas majestades, les tocaría -por previo acuerdo de ladrones- una quinta generosa parte. A su actual descendiente don Juan Carlos, decíamos, le tocó darse el gusto de venir por estas, sus ex-colonias americanas (a una reciente reunión de mandatarios democráticos en la que el único que nunca había sido elegido por su pueblo era él), y añorando esos 300 maravillosos años de absolutismo vesánico, le vino en gana mandar a callar a un presidente de nuestras -aún- maltratadas tierras; y lo hizo porque ¿cómo permitirle a un nativo soldadete de oscura raza notentiendo levantarle la voz, además de la negra mirada, a su representante y sobre todo a él, blanquísimo representante de la corona española, recordarle detallada y públicamente el vergonzoso latrocinio colonial y, encima, calificar de fascista a su engreido ex jefe de gobierno Aznar? Eso, el indignado borbón, no lo podía soportar. En realidad, nunca un rey de España ha aceptado ni aceptará, y , menos se disculpará por lo que hicieron sus antepasados contra nuestras naciones; los crímenes de lesa humanidad, según se les tipifica ahora, quedarán siempre en el olvido, los robos que cometieron silenciados seguirán. Todo fue un obligatorio y natural pago por la "civilización" que impuso el conquistador.
Al respecto, se recuerda que, en 1992, con motivo de la "celebración" del cuatricentenario del descubrimiento de América, un dignísimo gremio de profesionales peruanos (el Colegio de Economistas), en carta firmada por su decano, Virgilio Roel, y dirigida al embajador de España, le recordaba que para los americanos no era ningún motivo de alegría dicha "celebración"y que, en lo que se refería al saqueo de nuestras riquezas se le recordaba que España tenía una deuda real, pendiente de pago con el Perú. Le adjuntaban un detallado documento con el cálculo exacto del valor a la fecha, del tesoro producto del rescate de Atahualpa: U$. 599, 407' 539, 429, o sea, casi 600 mil millones de dólares americanos. La carta no tuvo respuesta.
Este sabroso, pero también histórico, affaire Rey de España Vs. Chávez, aún sigue llenando coloridas carillas de innúmeros escribidores; uno de ellos, un septagenario ciudadano español que alguna vez pretendió ser presidente del Peru, don Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, días atrás en el paquidérmico diario peruano El Comercio, se ha referido a este ofensivo episodio contra su Rey: "La enseñanza más obvia e inmediata de este sicodrama es que hay todavía una América Latina anacrónica, demagógica, inculta y bárbara...".
Digamos finalmente, que cada vez más vamos conociendo, dentro y fuera de España, toda la verdad acerca de ese astuto, inmisericorde y reaccionario personaje que es Juan Carlos de Borbón. Existen ya varios libros que decriben las andanzas financieras del rey y sus lazos con banqueros e industriales de todo tipo, maniobras que le han permitido amasar una cuantiosa fortuna personal que ya, en el 2003, según la revista Forbes, llegaba a los 1,700 millones de euros; bonita suma para alguien sin un trabajo conocido y que sólo es , a fin de cuentas -como bien lo acaba de calificar el senador español Iñaki Anasagasti-, el jefe de "una pandilla de vagos"(léase familia real).
Pero, como todo buen borbón , además del dinero, Juan Carlos ama la sangre, y si es ajena e inocente, mejor: su alteza adora la caza, cómo no, y no hace mucho ( el pasado 8 de octubre) viajó a Rumanía. Allí, se solazó con la matanza personal de NUEVE hermosos osos (entre ellos una osa gestante) y un lobo. La especie está protegida por la Convención de Berna del 2001 y, a pesar de las protestas y denuncias de la prensa independiente, su regia imagen quedo incólume.
Retrato concluído. ¡VIVA EL REY!

* El caso de la isla de Santo Domingo es emblemático: de una población cercana a los 4 millones de nativos en 1,496, tras 74 años de civilizada conquista, sólo sobrevivieron 125 indios.

nov.22.